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El Voto de la Libertad, 3. El estudio y el testimonio

El régimen fascista empujaba a las mujeres a desempeñar principalmente un único papel en la sociedad, el de madres; el Real Decreto n.º 989 de 1939 redujo el empleo femenino tanto en el sector público como en el privado.

Entre las actividades permitidas figuraban servicios de mecanografía, telefonía, taquigrafía, recopilación y elaboración de datos estadísticos, mantenimiento de ficheros, tramitación y control de billetes del Estado, y servicios de biblioteca y secretaría en instituciones específicas. Ya en 1934 el régimen había impuesto un límite del 10 % de presencia femenina en el sector privado; en 1938 y 1939, a través del decreto, se definieron en detalle las tareas accesibles, confinándolas a funciones subordinadas o administrativas. [1]

Ya en 1926 se había excluido a las mujeres de las cátedras de letras y filosofía en los institutos de secundaria, de la enseñanza de algunas asignaturas en los institutos técnicos y en las escuelas de enseñanza media, así como de la posibilidad de ocupar cargos directivos o de dirección.

real decreto n.º 2480 del 9 de dicembre de 1926 – Gaceta Oficial

En el imaginario popular, la mujer aparece como una persona encantadora y dedicada a complacer a su marido.

Modalmasso, 1926 – Archivo histórico Mubat – documento localizado en el marco del proyecto Erasmus The House of Rising Memory

Un testimonio de vida diferente nos llega de Adriana Amalfitani , quien, siguiendo el consejo de su nieta Manuela, decide contar sus vivencias en un libro. Explica: «Bueno, a los 83 años escribí un libro porque mi nieta… bajábamos las escaleras para ir al mar y le dije: si supieras, Manuela, que yo también he visto el mar en el Adriático, que también he estado en el Adriático. . Digo: habría que escribir un libro sobre mi vida. Y Manuela, mi nieta, me dijo: abuela, ¿por qué no lo escribes? Y yo lo escribí, lo escribí para mis nietos, para que tuvieran un recuerdo de la abuela, de lo que ha pasado; así, en la vida, si tienen problemas, deben superarlos, como he logrado hacerlo yo. Eso es todo».

Mientras tanto, algunas mujeres llegan a graduarse; un ejemplo de ello es Rosa Abronzino. En la entrevista cuenta: «En 1948 me matriculé en la facultad de Letras»; estudia en “La Sapienza” de Roma. Y continúa: «Antes de graduarme convocaron un concurso B6 —de magisterio—, y lo gané. El 5 de julio de 1948 me gradué y empecé a dar clases». Enseña inicialmente en escuelas populares, luego en la escuela primaria. Es un logro muy importante en este contexto histórico. Añade: «En tiempos de guerra estudié Letras con Lucia de Gasperi, la hija de De Gasperi. Pero ella estaba en el nivel 30 y yo… más abajo. Siempre estudié junto con mi amiga… éramos pocos. Piense que en 1948 tenía el número de matrícula: doce mil ochocientos cuarenta y siete, doce mil. Éramos pocos, además las mujeres no se licenciaban. Mi padre siempre me decía: “¡Ya, basta!”. Una vez obtenido el título de bachillerato y el diploma de maestra, decía: “Ya puede bastar”. “Por favor, déjame seguir”. Mi nuera también fue profesora, y sigue enseñando. Esas ideas de que solo hay que cocinar… NO LO ENTIENDO. Cuando la guerra… terminó, yo ya daba clases».

Testimonio de: Rosa Abronzino (segmento 2, “L’istruzione e il lavoro per le donne”, completo).

La escuela

Fausta Monelli, una de las mujeres licenciadas, colabora con Aldo Moro mediante la enseñanza a distancia (con un examen final presencial). Imparte clases de italiano a través de la “Telescuola”. El proyecto prevé la inclusión escolar de quienes no pueden desplazarse físicamente a la escuela (por ejemplo, los jóvenes procedentes de pueblos de montaña).

Testimonio de Fausta Monelli (segmento 12, “Telescuola”, completo).

Neria Marongiu dedica por completo su vida a la enseñanza; los estudiantes acuden a su casa en busca de ayuda. Se ocupa, por tanto, de actividades extraescolares a tiempo completo. Posteriormente, comienza a colaborar también con una asociación benéfica, la “San Vincenzo”.

Las mujeres luchan por sus condiciones laborales: por los derechos relacionados con la maternidad, por el salario, por las horas nocturnas que no se tienen en cuenta, por las condiciones higiénicas y alimentarias en el ámbito laboral. Muchas de ellas se convierten en sindicalistas. Luchan por la igualdad de género.

Entre las excepciones de la época se encuentra Graziella Pinna, que estudia para sacarse el carné de conducir y acompaña a su marido, periodista y crítico de cine y teatro, a todas partes. Realizaba largos viajes. Cuenta: «recuerdo la vida de mi marido como periodista y crítico cinematográfico y teatral, porque le hacían ir al cine y al teatro… Por la noche íbamos al teatro o al cine y yo conducía el coche, porque mi marido no conducía; luego, desde allí teníamos que volver al periódico, porque él tenía que escribir el artículo, porque había que llevarlo a la imprenta, porque no había ordenadores como los de hoy; entonces a mí me entraba sueño y él se enfadaba conmigo: “¡No hagas eso porque me estás dando sueño a mí también!”. Luego subíamos y volvíamos a la imprenta a llevar el artículo. Era una vida muy, muy agotadora, laboriosa. Lo llevaba a todas partes en coche, porque él no conducía. Entonces todos me miraban, porque era realmente una excepción. ¡Y cómo cargaba yo ese coche! Nací en 1925, saqué el carné y empecé a conducirlo enseguida. Se sacaba a los 21 años».

Vídeo: Graziella Pinna (segmento 3, “Matrimonio”, del minuto 01:12 al minuto 2:28).

Donne e lavoro, una identità difficile. Rossella Ropa y Cinzia Venturoli, 2010. Instituto de bienes artísticos, culturales y naturales de la Región de Emilia-Romaña – Superintendencia para los bienes bibliotecarios y documentales.

Altre esposizioni